Introducción
Una buena estrategia legal no comienza en la sala de audiencias ni en un documento bien redactado: comienza con una conversación clara. En la práctica legal ecuatoriana, y en particular en firmas como Cazar|Pesántez Abogados, hemos aprendido que uno de los factores que más influye en la satisfacción del cliente y en el éxito de un caso, es la calidad de la comunicación entre el abogado y su cliente.
Cuando la comunicación es transparente, empática y ordenada, el cliente se siente informado, respaldado y parte activa de su proceso. Cuando es ambigua, técnica o fragmentada, se generan confusiones, frustración y desconfianza. En este artículo compartimos por qué una comunicación clara no es un detalle menor, sino una herramienta estratégica de ética, eficiencia y reputación profesional.
1. El abogado no solo interpreta normas, sino realidades
Cada cliente tiene una historia. Llega con un problema, pero también con emociones, expectativas y dudas. Una comunicación efectiva permite que el abogado comprenda la dimensión real del caso, más allá del expediente. Escuchar con atención, hacer las preguntas adecuadas y mostrar interés genuino por la situación del cliente permite construir confianza y entender el contexto.
Este paso inicial no es solo humano, es estratégico: un abogado que comprende bien a su cliente puede diseñar soluciones legales más ajustadas y eficaces.
2. Hablar claro: traducir el Derecho sin subestimar
Uno de los errores más comunes en el ejercicio profesional es hablarle al cliente como si también fuera abogado. Usar tecnicismos innecesarios o explicar con frialdad los procesos crea barreras. El buen abogado no subestima la inteligencia del cliente, pero tampoco lo deja afuera del proceso por exceso de jerga legal.
Traducir el Derecho al lenguaje del cliente es parte de nuestro deber profesional. En lugar de decir “procederemos con una acción de impugnación por nulidad absoluta conforme al artículo…”, podemos decir “presentaremos una demanda para que se declare inválido este contrato, porque tiene un vicio grave”. Eso no resta seriedad, suma claridad.
3. Informar oportunamente: ni más, ni menos
La comunicación efectiva incluye saber cuándo hablar. Informar al cliente solo al inicio del caso y al final, o dejar pasar semanas sin contacto, genera ansiedad. Por otro lado, comunicar cada detalle técnico o procesal sin contexto puede ser contraproducente.
La clave está en establecer un ritmo de comunicación claro desde el inicio: por qué medios se mantendrá el contacto, con qué frecuencia, quién será el abogado asignado, y cuáles son los hitos donde el cliente debe ser consultado o informado. Esto no solo mejora la relación, también previene conflictos y reclamos.
4. Escuchar activamente y validar preocupaciones
El cliente necesita sentirse escuchado, incluso cuando lo que dice no es jurídicamente relevante. Validar su preocupación, explicarle por qué algo no es viable o mostrar que se ha considerado su opinión, fortalece el vínculo profesional.
La escucha activa también es una forma de anticipar conflictos, detectar intereses ocultos o contradicciones internas que podrían afectar la estrategia legal. Escuchar con atención es tan importante como argumentar con precisión.
5. La comunicación como parte de la ética profesional
La transparencia informativa no es una gentileza, es una obligación ética. Informar sobre costos, plazos, riesgos, alternativas y limitaciones del proceso legal permite que el cliente tome decisiones responsables. No se trata de prometer resultados, sino de gestionar expectativas con honestidad.
En nuestra firma creemos que el abogado no es solo quien gana juicios, sino quien acompaña al cliente en decisiones difíciles, lo orienta con claridad y no le oculta lo que necesita saber.
Conclusión
Una buena comunicación es el mejor antídoto contra el conflicto innecesario entre abogado y cliente. No solo mejora la calidad del servicio, sino que humaniza la profesión, eleva la reputación del abogado y fideliza a los clientes. En Cazar|Pesántez Abogados hacemos de la comunicación clara un principio de trabajo, porque sabemos que cada palabra bien dicha puede evitar un problema mal gestionado.
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